Derrotado, Orlok pasó las primeras horas de la noche paralizado por el miedo. Sentado frente al fuego, se sentía frustrado. Comenzó a atormentarse a sí mismo tratándose de inútil, de idiota. Se reconocía falto de imaginación, y también cobarde. Todo su odio estaba ahora dirigido hacia él mismo.
Pasaron las horas y sus sentimientos negativos se fueron fundiendo gradualmente dentro del fuego. La mente de Orlok había quedado desprovista de pensamientos. Y entonces, Orlok pudo ordenarse. Pensó en lo cambiante que era la realidad. En como antes de dormir su siesta todo estaba muy bien, y luego todo su plan se había ido al demonio. A decir verdad, si lo pensaba detenidamente, nada había cambiado, a excepción de su estado de ánimo. De la gloria al infierno en un abrir y cerrar de ojos. Algo no estaba del todo bien. Orlok comenzó a percibir el olor fétido de las flores negras. Pudo sentir el recuerdo en su boca del sabor agrio del néctar de flores negras. Y sin pronunciar palabra, pegó un puñetazo en el suelo.